“¿Usted sabe lo que es leer y escribir?” le preguntó la directora de la escuela Ibatín, Fabiana Cruz, a una de las pocas mujeres alfabetizadas de la comunidad gitana de Monteros. “Sí, tener un poder”, contestó esta. “¿Y no quiere ese mismo poder para sus hijos?”, la desafió Cruz. La mujer quedó pensativa. Y luego asintió. De a poco, primero dos o tres, y después todos los chicos de esa comunidad comenzaron a ir a diario a la escuela, que se llenó de polleras largas y de palabras en húngaro y en rumano mezcladas, con “tucumano básico”.
Fue solo el principio de una emocionante experiencia que vivieron dos escuelas de Monteros, Ibatín y “Benjamín Posse”, que junto a un equipo del Ministerio de Educación lograron alfabetizar a 35 niños de la comunidad gitana, que no lograban avanzar en la lectoescritura pese a que algunos ya iban a 4° o 5° grado. “El problema era que los niños no asistían regularmente a clase. Faltaban mucho. Se los matriculaba cada año, pero venían dos días y no regresaban o lo hacían esporádicamente. No se podía avanzar con ellos, no demostraban interés, no se sentían cómodos junto a otros niños que ya leían de corrido. Ni siquiera se quedaban a almorzar en el comedor escolar; sus padres los retiraban al mediodía y se perdían la oportunidad de aprender un poco más en la jornada extendida”, cuenta la directora.
“Los chicos pasaban de grado, debido a la resolución ministerial que así lo exige, pero sin aprender. Desde la escuela los llamaban, pero no aparecían. Derivamos el caso al Servicio de Asistencia Social Escolar (SASE), y los equipos visitaron los domicilios de los niños, frente a la ruta 38; pero tampoco hubo resultados positivos. Les preguntamos cómo podíamos ayudarlos a que se sintieran más a gusto en la escuela. Dijeron que querían que los chicos estuvieran juntos, no separados por grados. En ese momento, a fines de 2024, eso nos parecía inviable”, relata la docente.
Pero a principios de 2025 las dos directoras, Cruz (Ibatín) y Celeste Alderete (N°377) decidieron formar un equipo junto a la supervisora Viviana Díaz. Sumaron al director de nivel, Carlos Díaz, a profesionales del SASE y del programa de Trayectorias Escolares y a la Dirección de Educación de la Municipalidad de Monteros. Buscaron a la fundación Dale! para tomar su propuesta de alfabetización y al equipo de Interculturalidad y bilingüismo del Ministerio, que les proporcionó el conocimiento sobre leyes internacionales que protegen a las comunidades migrantes. Hasta que consiguieron la ayuda de una docente gitana que les abrió las puertas de ese mundo tan cerrado, con reglas y códigos que la escuela decidió respetar.
“Aprendimos, por ejemplo, que ellos son muy formales, entonces había que nombrar un interlocutor. Elegimos al profesor Rafael Abdala, de la escuela 377”, cuenta Cruz; pero precisa que ello no implicaba que no los visitaran otras docentes. “Advertimos que se trataba de una cultura diferente sobre la que pesaban muchos prejuicios, que sin duda ellos percibían; por eso les costaba tanto integrarse. Sólo cuando reconocimos que no sabíamos nada de esa cultura comenzamos a aprender. Yo misma los visitaba en sus casas y les preguntaba cómo vivían y se organizaban”, recuerda. “Ellos estaban alfabetizados, pero en sus dialectos. Las mujeres trabajan en la casa, en tareas domésticas; y los hombres en la calle; la mayoría, en la compraventa de autos. Los niños son muy cuidados y se protegen entre ellos, por eso quieren estar juntos”, dice.
“De a poco nos fuimos acercando a la comunidad gitana. Les llevamos a las docentes a sus casas para que las conozcan y los invitamos a ver la cocina de la escuela. Hasta que desde el Ministerio de Educación nos aprobaron el proyecto de Aula Puente, que nos permitiría unir dos realidades, dos culturas, bajo un mismo propósito: alfabetizar”, resume. Como no había docentes a esa altura del año, se tomaron dos maestras, elegidas de acuerdo al perfil. La Municipalidad de Monteros aportó una tercera docente.
“Las maestras adaptaron el aula puente con almohadones en el piso, como en las casas gitanas, para que los niños se sintieran más cómodos”, agrega Alderete. “El proyecto es trabajar con el modelo de aula multinivel, nivelar a los niños según el grado que les corresponde y, cumplido el objetivo, devolverlos al grado al que pertenecen”, sintetiza.
Luego de muchos preparativos, las Aulas Puente arrancaron en agosto. Los inicios fueron tímidos. Primero hubo pocos niños. Alfabetizarlos no era fácil. Habían pasado muchos años sin ir a la escuela. “No sabían manejar el cuaderno, escribían en cualquier lado, no tenían desarrollada la motricidad fina -que se trabaja en jardín de infantes-; por lo que tuvimos que comenzar todo desde cero. Con juegos alfabéticos, con canciones, con bailes…”, cuenta Romina Lobo.
Cada día se sumaban más chicos que se iban enamorando de la escuela y hasta se atrevían a tomar contacto con otros niños en el recreo. Cada vez que uno faltaba Lobo lo visitaba en su casa; hablaba con los padres y ese niño no faltaba más. Hacia fin de año toda la comunidad infantil estaba asistiendo a la escuela y empezaba a quedarse a la jornada extendida. Al final de cada día, los niños gitanos, sin que nadie les diga nada, barren su aula antes de irse. “No, no hagan eso, hay conserjes”, les dijo la directora. Pero una madre le explicó: “En nuestra comunidad es así, limpiamos nuestro espacio”.
Entre juegos y risas, los chicos aprendían a pasos agigantados a poner sus nombres y a leer. Lo demostraron en el festival literario, donde un grupo de la escuela Ibatín presentó el cuento La Caperucita Roja en dialecto y en español. Y en la escuela N° 377 los niños crearon un diccionario en versión QR con las voces de los niños pronunciando palabras en rumano y su traducción en castellano. También se destacaron en la radio escolar. “Los chicos contaron en romaní y en español lo que estaban trabajando en el aula”, recuerda Alderete.
Pero la gran sorpresa llegó para la Fiesta de la Familia, el 31 de octubre. En la escuela de Ibatín la comunidad gitana, que jamás participaba en nada, se presentó con postres para compartir. Las madres adornaron el patio con flores y prepararon números artísticos que ensayaron en secreto para sorprender a la directora, que tanto los había apoyado. Los niños bailaron danzas típicas junto a Lobo, que usó una pollera que le prestó una de las madres.
El momento más emotivo vino a la hora de los discursos. La directora Cruz lloró de felicidad al ver a toda la comunidad educativa unida. Sus lágrimas contagiaron a todas las maestras. Al ver todo eso una mamá le dijo al oído a Lobo: “Ahora sabemos que somos importantes para ustedes”. El “poder” de leer y escribir ya había sido conferido a los niños gitanos. Y los niños criollos recibieron otro poder: el de aprender a convivir con lo diferente y a conocer nuevas culturas... un saber que los acompañará toda su vida.